El Señor es compasivo y misericordioso

La Liturgia de la Palabra nos invita a reflexionar en torno al tema del perdón y la misericordia, entre hermanos y semejantes. 

VER

La condición humana es vulnerable y una parte de nuestro ser supone la integración de experiencias contrastantes, como acertar y equivocarse, decir la verdad, o mentir; perdonar y sentirnos perdonados en un ambiente en el que la condena y el juicio permean la cotidianidad.

Qué difícil nos resulta perdonar de verdad, sabiendo que es un gesto destinado a cambiar no sólo las relaciones entre personas, sino las estructuras y las sociedades completas. Lo vivimos, por el contrario, como un cumplido entre personas involucradas en un conflicto, como una costumbre (pedimos perdón por costumbre) que se sostiene, a veces de manera endeble, en los formalismos de la “buena educación”.

¡Qué complejo se hace el ejercicio del perdón!, porque hay que dialogar, escuchar, consensuar, aceptar, abrirse al otro, ceder, reconocer, enmendar, convertirse…

JUZGAR

Sabemos que el egoísmo, del modo que se exprese, está siempre a la base de los conflictos que dañan las relaciones humanas, no superarlo, provoca que se vaya instalando en la vida y convirtiéndose en conducta ordinaria, contribuyendo, así, a la construcción de los pertrechos que nos mantienen ajenos a la realidad, aislados en nosotros mismos.

Pablo, en su carta a los romanos, inicia su intervención recordando un aspecto esencial en la vida del hombre, primordialmente, y del creyente de manera particular:

Hermanos: Ninguno de nosotros vive para sí mismo, ni muere para sí mismo… (v. 7).

Fuimos creados bajo un modelo de sociabilidad (independientemente de que creamos en el relato creacional de Génesis, o no), que no podemos extirpar de nuestra naturaleza ni mucho menos de nuestros actos; sin dejar de ser lo que somos (en lo individual), la existencia de cada uno sólo tiene sentido en el otro, por y para el otro. Justamente, en ésta dinámica dialéctica del yo y el tú, el perdón se configura y se convierte en praxis de vida.

Así, el libro del Sirácide, que contiene el fundamento que da fuerza y vida a la oración del Padre Nuestro, resalta tan incuestionable corresponsabilidad:

Perdona la ofensa a tu prójimo, y así, cuando pidas perdón, se te perdonarán tus pecados (28,2).

Desde aquí, cobran su más profundo significado las palabras del Señor cuando da respuesta a la duda de Pedro:

Si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces tengo que perdonarlo? ¿Hasta siete veces? Jesús le contestó: No sólo hasta siete, sino setenta veces siete (Mt 18,21-22).

Jesús integra el perdón como elemento indispensable del llamado a la santidad, vocación permeada de misericordia: vivir amando, vivir sirviendo y vivir perdonando. El llamado, se convierte en un seguimiento que configura, desde el Señor, toda el actuar del hombre:

Si vivimos, para el Seño vivimos; y si morimos, para el Señor morimos. Por tanto, ya sea que estemos vivos o que hayamos muerto, somos del Señor (v. 8).

No vivir para nosotros, no es en absoluto una despersonalización, ni una renuncia total a la individualidad; se trata, por el contario, de redimensionar la propia vida a partir de otros referentes: el prójimo y, a través de él, el Jesús. La renuncia a los intereses personales, al egoísmo, supone la aceptación de un proyecto de vida distinto, que rompe con las normas de conducta convencionales y con una justicia anquilosada e inhumana.

Por ello, el evangelio cierra con una pregunta que se dirige a la conciencia de todo hombre, en su franca relación con el hermano, y una advertencia para aquellos que se han resistido, sistemáticamente, a la posibilidad de perdonar (vv. 33-35):

  • ¿No debía tú también haber tenido compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti?

  • Pues lo mismo hará mi Padre celestial con ustedes, si cada cual no perdona de corazón a su hermano.

ACTUAR

El Papa Francisco, en su Carta Apostólica Misericordia y miseria (2016), nos ofrece las siguientes pautas para la vida en clave de perdón (nn. 1-3):

  • La misericordia no puede ser un paréntesis en la vida de la Iglesia, sino que constituye su misma existencia, que manifiesta y hace tangible la verdad profunda del Evangelio. Todo se revela en la misericordia; todo se resuelve en el amor misericordioso del Padre.

  • En el centro no aparece la ley y la justicia legal, sino el amor de Dios que sabe leer el corazón de cada persona, para comprender sus deseos más recónditos, y que debe tener el primado sobre todo.

  • El amor es el signo más visible del amor del Padre.

  • Nada de cuanto un pecador arrepentido coloca delante de la misericordia de Dios queda sin el abrazo de su perdón. Por ese motivo, ninguno de nosotros puede poner condiciones a la misericordia.

  • La misericordia suscita alegría porque el corazón se abre a la esperanza de una vida nueva.

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

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