¡HACED LO QUE ÉL OS DIGA!

Estamos ya en el tiempo ordinario y la Iglesia nos regala este texto, este texto que nos dice mucho. Y yo me pregunto: ¿qué es lo que me vas a decir a mí hoy en estas bodas con esta actitud de Jesús, con esta actitud de María y con esta actitud de los novios? ¿Qué es lo que me quieres decir hoy, Jesús, en este encuentro? Pienso y reflexiono mucho sobre el texto que he oído y veo tres figuras claves: Tú, Jesús, —cómo actúas—; tu Madre, —cómo actúa—; y estos novios, —qué es lo que les pasa—. Y entro contigo en pleno diálogo, Jesús. Tú asistes a una boda, eres una persona normal, compartes la vida que tienes, compartes la fiesta, compartes las necesidades, compartes todo… ¡Qué gran lección me das hoy, Jesús! Que yo aprenda a no aislarme, a no vivir mi propia vida, a compartir las alegrías y los gozos contigo, porque Tú me llevas a la vida, Tú me acercas a la realidad. Te encuentras en la boda y [a] estos pobres novios, sin experiencia de una festividad tan grande y de una fiesta tan grande, les falta el vino. Y aparece tu Madre; tu Madre que está atenta a todo, que no se le pasa nada, que se da cuenta de todo. ¿Y qué hace? No puede aguantar ver a estos novios así y acude a ti: “Hijo, no tienen vino”.

Y Tú, ¿por qué le tratas así?, ¿por qué le dices: “Mujer, no ha llegado mi hora”? ¿Por qué me dices esto? Porque querías demostrar un gran milagro ya, querías darle ese regalo a estos pobres novios, a toda la gente, y querías que fuera tu Madre la intercesora. Y como extrañado, para que te lo volviera a pedir otra vez: “Déjame, que aún no ha llegado la hora”. Pero intercede continuamente tu Madre y ocurre el gran milagro. Ella dice a los criados: “Haced lo que Él os diga”. ¡Qué encuentro de amor hoy, de necesidad de Madre! Ver a María, que está atenta a todo y que está atenta a mis necesidades y a las necesidades de los demás, que está viendo la fiesta, que está viendo la boda, pero Ella está ahí. Realmente, Jesús, necesito de tu Madre, necesito estar con Ella, necesito acudir, porque Ella está atenta a todo; yo no me daré cuenta, pero Ella está atenta. Necesito oír que te dice: “Mira, si no tiene el vino de la alegría, si no tiene el vino de la comprensión, si no tiene el vino del perdón, si no tiene el vino del amor… Venga, haz el milagro, ¡dale la alegría de todo lo que necesita! ¡Dale la alegría!”. Tu corazón no puede… no puede ante las necesidades de los demás. “Haced lo que Él os diga”. Ya se ha dado cuenta de que vas a conceder toda la humanidad… Jesús, ¿qué mensaje tan grande me quieres dar?, ¿qué es lo que me quieres decir? Que cuando esté triste, cuando esté sola, cuando me falte todo, cuando no tenga nada, ni fe, ni alegría, ni esperanza, que acuda a tu Madre, y que tu Madre enternecerá tu corazón para darme todo lo que necesito. Y también me quieres decir que me dé cuenta de qué vino me falta. Que hoy me pregunte y que oiga también a la Virgen que me dice: “Pero ¿qué es lo que te falta, hijo?, ¿qué es? ¡Ánimo!, dime lo que te falta para que yo acuda a Jesús y te lo dé y te dé la alegría que te falta, te dé la fuerza que necesitas, te dé todo”. La fiesta, la boda fue exquisita, en el mejor vino. Cuando Jesús hace el milagro de darnos todo, todo se convierte en extraordinario, todo es totalmente alegre. Jesús, yo te quiero hoy pedir a través de tu Madre todo lo que necesito, y te quiero pedir por la humanidad, te quiero pedir por todos, pero también tengo que darte gracias del regalo de tu Madre. Que yo sepa acudir a Ella. En mis momentos sombríos y en mis momentos tristes y en mis momentos de amargura, de preocupación, de decaimiento, sé que tengo una Madre que acude a ti, y sé que te tengo a ti, que todo me lo das, que me llenas de alegría, que me das la fuerza, que quieres que viva en fiesta, que quieres que viva en alegría. Hoy, Jesús, acudo a tu Madre y acudo a ti como estos esposos, angustiada, preocupada de tantas cosas que me faltan. Te pido que transformes todas estas carencias y que las transformes en una alegría de fiesta, de bendición, de esperanza. Gracias, Jesús, y gracias, Madre mía, ¡gracias! Y hoy me quedo con tu Madre, contándole todo lo que necesito, y comprometiéndome a acudir siempre a Ella, en todas las necesidades, en

todo lo que necesite. Jesús, no tengo vino, pero quiero hacer lo que Tú quieras de mí. Te seguiré repitiendo una y muchas veces: “No tienen vino”. Y escucharé a tu Madre: “Haced lo que Él os diga”.